El silencio era insoportable, ideal para guardar secretos,
la noche fría y húmeda como cuando ha caído una gran tormenta, la oscuridad era
apaciguada por un foco lagañoso, lo mejor para esconderse entre las sombras, a
lo lejos y de pronto el ruido de un camión urbano, tal vez sin pasaje ¿quién
querría estar afuera y no en los brazos de una mujer?
La puerta de la habitación se miraba tan lejos e incapaz de moverse por sí
sola, pero de repente y al mismo tiempo saltamos de la cama y sentados en la
orilla con los pies colgando hasta el infinito y pesados como dos mazos de
hierro atados a un delgado hilo, por fin llegando al suelo me temblaban como si
un terremoto sacudiera la habitación pero ya paso y son los rezagos de tanta
pasión.
Quien diría que sería así, lentamente y sin
querer levante mi ropa que alguna yacía en el suelo, fue cuando me di cuenta
que cuando se ama no hay prisa ni empacho por el orden.
Ella, sin pensarlo bien se colocó su bata, hermosa, traslucida y cómplice; la
silueta se definía no mejor que al tacto de mis manos y al roce con mi cuerpo,
a través de la tela se veía a la amante perfecta o mejor dicho a la mujer que
hace que un hombre se gradué como amante con mención honorifica y
reconocimiento personal y hace que el calor de su cuerpo sea como el aplauso
interminable del espectador.
De esa noche ya casi al amanecer a media luz caminamos como no queriendo llegar
a la puerta, esa puerta que sería el barco en el que zarparía y no sabría
cuando regresaría o tal vez para nunca más volver, fue tan interminable el
caminar que solo los besos que ella me daba me hacían avanzar.
El amor a media luz es así a escondidas, solo para dos ¿Qué importan los demás
si solo somos dos? Por fin llegamos a la puerta después del apasionado
transcurrir de la inmensa habitación, al llegar se escucha el silbato del
velador, reaccionamos y sabemos que nadie podía vernos, fue como un balde de
agua fría en el cuerpo al saber que podía alguien descubrirnos y en silencio y
cautelosos como los gatos para no llamar la atención y prender los ruidos a los
curiosos que siempre andan por ahí y por donde menos lo esperas están ahí,
vigilantes y atentos a los movimientos de los demás, aunque sean extraños nos
vigilan como si les importara y pronto lo harán público; pero eso no nos podía
suceder a nosotros porque las sombras ya nos habían dado cobijo y nadie podía
saberlo aunque quisiéramos gritarlo y contarlo aun cuando no nos pudieran
comprender.
Nos despedimos con un beso que jamás nadie sea podido dar, para zarpar y tal
vez nunca más volver.
Francisco Tizcareño Iracheta ®